miércoles, 29 de junio de 2016

Hacer del lunes otro sábado




Bajo dormido las escaleras, casi sonámbulo. Los lunes, ya lo dijo alguien, son odiosos. Uno lleva dos días organizándose la vida en torno al ocio, los amigos, la familia… y de pronto hay que volver a la rutina del sonido del despertador y todo lo que viene después.

Saco la bicicleta del trastero. Pongo la bolsa en el transportín. Me pongo las tobilleras reflectantes para que no se me manchen los bajos de los pantalones al contacto con la cadena de la bici. Pie izquierdo en el pedal. Impulso con el pie derecho desde el suelo. A continuación pie derecho en el pedal. Subo y bajo las piernas siguiendo el recorrido que me marcan las bielas.

La primera sensación al ponerme en marcha es de frío, sólo un poco, pero algo de frío al darte el aire en la cara y las manos. Pero eso me sacude, me espabila, me despierta.

El pedaleo activa las endorfinas en mi cuerpo, ésas que, cuando pedaleas, alguien llamó endorficletas. Comienzo a entrar en ese estado de euforia que me invade todos los días cuando circulo en bici al trabajo entre el tráfico.

La bicicleta es un género literario dentro de la movilidad urbana, es como la poesía de los medios de transporte. Todo el mundo dice que lee poesía, pero pocos en realidad lo hacen o están dispuestos a hacerlo. Asimismo, la bicicleta se semeja a la poesía, porque es la belleza en movimiento, un movimiento grácil que te hace volar alejado del suelo.

Cada vehículo tiene su particularidad. El coche es el icono de la velocidad, de la posesión. La moto el de la independencia. El tren es compartir, conversar, mirarse a la cara, leer, dormitar…

¿Y la bicicleta? La bicicleta es el vehículo de las emociones. Montas en bicicleta para desplazarte, o para hacer ejercicio, pero en cualquiera de esos casos la bicicleta genera una serie de emociones que no se sienten en otros medios de transporte.

Ir en bici ofrece el innegable entretenimiento del devenir de los paisajes a un ritmo contemplativo. La emoción de dejarse llevar en la bajada, con su correspondiente adrenalina, seguido de la relajación cuando viene el llano. La satisfacción tras llegar, por tus propios medios, al alto en una subida. La de escuchar los sonidos que te rodean, de sentir el aire en el rostro, el frío, el calor, las tranquilas gotas de lluvia de un día primaveral, los olores de los lugares por los que pasas…

Montar en bicicleta es un regalo que te haces cada día, una recompensa en forma de emociones muy sentidas. Montar en bicicleta es una medicina contra la vida moderna.

Las bicicletas no sólo cambian la fisonomía de las calles, haciéndolas más alegres, silenciosas y humanas. Las bicicletas también tienen el poder de cambiar a las personas. Convierten al tozudo en condescendiente, al perverso en comprensivo. Al triste le devuelve la alegría, al amargado la ilusión, al estresado le regala la calma. Hace paciente al inquieto, llevándole a disfrutar del momento presente.

La bicicleta pinta de color los paisajes urbanos, convierte los arbustos en árboles y las moles de granito en formas artísticas. Da percepción al olfato, acercando los olores a una respiración forzada por el ejercicio. Sintoniza las manos, el cuerpo y las piernas con la tierra.

Por todo ello no es de extrañar que el trayecto en bici al trabajo no parezca tal, sino un entretenimiento diario que me hace ver las cosas de forma muy distinta.  

Ese automovilista parece tener prisa. Puede que no sea así, pero quien sabe, quizás sí la tiene. Quizás ha tenido algún problema hoy con el coche, o ha encontrado más tráfico del habitual y va retrasado. Yo no tengo prisa, pues siempre tardo lo mismo ya que los atascos no me afectan, así que le cedo el paso, señalándole con la mano por dónde debe ir, un tanto alejado de mí, al adelantarme. Me supera despacio, sorprendido de que alguien en esta jungla ceda su espacio a cambio de nada. Me sonríe mientras me mira directamente a la cara, intentando escudriñar en mi rostro de donde sale esa amabilidad. Quisiera poder explicarle que viene del ejercicio sosegado, del movimiento de las piernas, de estar y sentirse vivo, pero no puedo explicarle todas esas cosas. Ir en coche es sinónimo de prisas y de incomunicación con la gente que te encuentras en el trayecto.

Siempre encuentro sitio para aparcar en la puerta del trabajo. Es lo que tiene la bicicleta, que es tan pequeña, tan diáfana, tan delgada y tan adaptable al entorno.

Me miro en el cristal de la puerta de entrada al edificio, todo el mundo lo hace para ver la cara con la que entra al trabajo: Estoy sonriendo. No hay un motivo aparente, pero estoy sonriendo. Miro a mi alrededor, a la gente que entra al tiempo que yo, con la tarjeta identificativa en la mano, dispuestos a fichar en los tornos de entrada. Pero nadie sonríe. Me obligo a ponerme un poco más serio, porque me van a mirar raro. Sin embargo, la alegría la llevo dentro, está residente en mi mente, en mi cuerpo, en mi actitud.

Subiendo las escaleras me encuentro un compañero y le pregunto que tal está. “De lunes”, me contesta con cara de resignación, anteponiendo que el día será malo, que un lunes es un castigo. “Deberías venir en bici al trabajo”, le suelto mientras abandono las escaleras y me quedo en mi planta, con la sonrisa puesta y dispuesto a afrontar un maravilloso día de sábado, perdón, de lunes.

lunes, 18 de enero de 2016

Bebida isotónica casera para ir en bicicleta


Con el ejercicio el cuerpo pierde agua, tanto por el sudor como por la respiración forzada. El aire que espiramos lleva pequeñas cantidades de agua en forma de vapor que también perdemos. Por lo tanto toca hidratarse.

Con el ejercicio también gastamos sales minerales. Es por ello que, al cabo de un tiempo, especialmente en una distancia larga, comenzaremos a tener ciertas deficiencias que se pueden ir solventando con lo que bebemos.

La tendencia general es a consumir refrescos comerciales, de los que hay informes varios sobre sus ventajas e inconvenientes. Uno de esos inconvenientes es la presencia de ácido fosfórico, que daña los dientes y los huesos.

Si observamos estas bebidas casi unánimemente comparten los mismos componentes que son: agua, cítrico, cloruro sódico (sal monda y lironda), un par de minerales o tres más en el mejor de los casos y edulcorante.

No sé a vosotros, pero a mí esas bebidas no me sacian la sed. Es más, al cabo de un rato corto tengo aún más sed. ¿Pensadas para que consumas más, sin realmente hidratarte? A saber...

Es por ello que yo me hago mi propia bebida, más barata, más saludable, más nutritiva y muy fácil de elaborar.

Mi bebida isotónica casera  

(cantidades para un bidón de bicicleta)

- agua corriente, o agua de mar

- zumo de medio limón exprimido

- una puntita de bicarbonato sódico

- una puntita de sal marina sin refinar.

- melaza (al gusto, pero sin pasarse)


Como podemos ver, la base es la misma de los refrescos comerciales, pero con diferencias en el precio, la calidad y la eficacia.

Agua

El agua es agua. Desde ya os digo que el agua usada en los refrescos comerciales no es mineral. Tu puedes echar agua corriente, agua mineral o agua de mar. Esta última tendría que ser rebajada en proporción 1 a 4 (1 a 3 a lo sumo). Siendo 1 la cantidad de agua de mar y 4 la de agua normal. Estas concentraciones son similares a las que tiene nuestro cuerpo, por eso las lágrimas o el sudor saben saladas. Las células de nuestro cuerpo están rodeadas de un líquido. Este líquido de nuestro cuerpo es IDENTICO al agua de mar rebajada hasta la isotonicidad

Limón

Yo no llamaría limón a lo que echan en los refrescos. Son productos químicos con muchos menos valores que el propio limón. El verdadero limón recién exprimido tiene vitamina C, algunas del complejo B y varios minerales. Además es antioxidante y alcaliniza la sangre, lo que ayuda a la musculatura. La vitamina C es imprescindible para el deportista. Ayuda al mantenimiento de los huesos, de los ligamentos y de los tendones, ayudando a evitar fracturas y a reponer las minúsculas microroturas que nos ocasionamos con el simple ejercicio. También favorece la producción del colágeno.

Bicarbonato sódico

Algunos refrescos lo llevan (porque es insultantemente barato), pero muchos otros ni siquiera eso. El bicarbonato sódico tiene muchas propiedades. Una de las más relevantes para los ciclistas, especialmente los de larga distancia, es su potente capacidad contra la indigestión (más cuando se acompaña con el limón). En las situaciones extremas a las que nos sometemos algunos (pedalear recién comidos e incluso comiendo), el bicarbonato nos ayudará en la digestión. Además el bicarbonato sódico evita la acidez muscular que se produce con el ejercicio, devolviéndole a un entorno alcalino, mejor para el trabajo muscular. También es bactericida, por lo que resulta útil a la hora de eliminar placas que se puedan generar en los dientes por consumo de productos perniciosos.

Sal

La sal marina sin refinar u otras, como la sal del Himalaya, tienen todos los minerales necesarios y en unas proporciones bastante adecuadas, mientras que la sal refinada sólo tiene cloruro sódico (como en los refrescos). Al sudar se eliminan gran cantidad de minerales, por lo tanto, sobre todo en distancias largas, es imprescindible ir reponiéndolos, pero todos, no sólo el cloruro sódico. De ahí la importancia de elegir bien la sal que usamos.

Si se ha usado agua de mar, entonces no es necesario echar sal, la propia agua la lleva y es de alta calidad.

Melaza

Si no tienes melaza puedes echar miel o panela (que también son muy completos), u otro edulcorante. La ventaja de la melaza es que es más barata y tiene una importante cantidad de los minerales más recurrentes que se pierden con el sudor, al mismo tiempo que te sirve como edulcorante, pero sin empalagar, como hace el azúcar.

Algunos de los nutrientes de la melaza:
Hierro (aporta oxígeno a las células sanguíneas, ideal para el ejercicio), Manganeso, Cobre, Potasio, Calcio, Magnesio, Selenio, Vitamina B6, Hidratos de carbono...

Si bien la melaza endulza, hay a quien no le gusta por tener un cierto toque amargo. En ese caso se puede añadir además stevia no adulterada u otro edulcorante no dañino.

Mi consejo es que no añadáis azúcar como edulcorante (como hacen en los refrescos comerciales), pues no tiene nutrientes y encima "roba" minerales. Además, en los bidones de la bici son un caldo de cultivo para los hongos.

Para terminar

Si la ruta que voy a hacer es realmente larga y tengo que preparar varios bidones, entonces lo que hago es llevarme la materia prima en la cantidad necesaria (en los prácticos antiguos carretes de fotografía vacíos que aún conservo para estas cosas) y luego le añado el agua por separado durante el camino.


Las proporciones comentadas es mejor adecuarlas a las necesidades propias y a los gustos.

No todo el mundo necesitamos los mismos aportes ni aguantamos igual el esfuerzo. Nuestro organismo también cambia según cambia la capacidad muscular, la edad o los cambios atmosféricos (p.e. a más calor perdemos más sales), así que habremos de adecuar las proporciones a estos factores.

Disfruta tu bebida y, ya sabes, en bicicleta bebe antes de tener sed.

martes, 22 de septiembre de 2015

La bicicleta, el pasado hecho futuro


Me han publicado un artículo en la revista El Ecologista que, en pocas palabras, hace un balance sobre la situación actual de la bicicleta en España.

A continuación algunas palabras escogidas del final del artículo, que me parecen especialmente inspiradas:

Moverse en bicicleta por la ciudad es, en sí mismo, un acto de transformación ciudadana.

La bicicleta es económica, simple y accesible. Es un icono de la democracia en la movilidad de las ciudades. Es un arte solidario y estéticamente pacificador.


La bicicleta es el vehículo silencioso de las buenas emociones, la alegría, la independencia y la salud.



jueves, 16 de abril de 2015

Los beneficios por usar la bici mayores que los perjuicios de la contaminación respirada



Allá por los años noventa, pregunté a un médico acerca de los problemas que podría tener al moverme en bicicleta por la ciudad entre la contaminación. Me respondió que, en efecto, no era bueno, que lo evitara, además de que ir en bici era muy peligroso y toda esa literatura sobre el miedo que existe y ha existido.

Como mis ganas de moverme en bicicleta eran grandes, pedí una segunda opinión sobre el tema de la contaminación, en esta ocasión a mi naturópata. Este me respondió que los beneficios de hacer ejercicio eran mayores que los perjuicios de la contaminación. Como era justo lo que quería oír, me quedé con esto y seguí circulando en bicicleta, si bien nunca le pregunté en que se basaba para decir eso.

Resulta que el hombre tenía razón. Son varios los estudios que se han publicado al respecto. Ya hablé en su día de uno de ellos en este blog que ya lo adelantaba, si bien no era el tema principal del estudio.

Recién salido del horno tenemos este otro que sí es específico sobre este tema:

En el estudio enfatizan que la contaminación del aire no debe considerarse como una barrera para hacer ejercicio, y desplazarse en bicicleta es hacer ejercicio. Ello es debido a las múltiples ventajas para la salud de hacer ejercicio, que contrarrestarían de ese modo los perjuicios que supone estar expuesto durante dicho ejercicio a los contaminantes que se encuentran en la ciudad.

Entre las ventajas del ejercicio en bicicleta se encuentran los beneficios cardiovasculares, disminución del estrés, mejora del tono muscular, mayor respuesta del sistema inmunitario, desarrollo neurosensorial, etc.

Lo que no queda tan claro es lo que ocurre en episodios de alta contaminación, dado que este estudio se realizó en Dinamarca y ya advierten que podría no ser extrapolable en su totalidad a zonas mucho más contaminadas. 

Por lo tanto, más vale seguir huyendo de las zonas más contaminadas, mientras éstas sigan existiendo, pero no dejar de usar la bicicleta por ello. A la vez seguir reclamando que se pongan en práctica las medidas para que esa contaminación disminuya. Los ciclistas no somos los que generamos esa contaminación y sin embargo la sufrimos, lo que es a todas luces injusto.

Si a las conclusiones de ese estudio le unimos que usar la bicicleta supondría un importante ahorro en costes sanitarios hay muchas razones para impulsar el uso de este eficiente, sano y eficaz medio de transporte entre la población en general, al mismo tiempo que disuadir de los medios de transporte que nos envenenan y nos enferman a todos.

Enlaces de interés: 
La contaminación urbana daña el corazón
Evaluación en cinco ciudades españolas del impacto de la contaminación





viernes, 3 de octubre de 2014

Endorficleta



No se ha estudiado suficientemente como ocurre, pero al pedalear te surgen ideas insólitas, soluciones a los problemas más intermitentes y las propuestas más descabelladas. Eso lo sabemos bien las personas que solemos montar en bicicleta.

Al parecer, las principales culpables de que eso ocurra son las endorfinas, un tipo de neurotransmisores que se generan, entre otras situaciones, con el ejercicio físico. Actúa como un opiáceo, creando felicidad, pero de forma totalmente endógena, generada por el cuerpo humano.

Las endorfinas, además de ser gratis, te cambian. Te cambian el carácter, te cambian el humor y te añaden creatividad. Además tomas más la iniciativa, haciendo cosas que generalmente no sueles hacer. Es ponerse a pedalear e inmediatamente engrosas la lista de personas con ideas innovadoras, relativizadores de problemas y literatos con musa. Dejas de pertenecer al reino de la vulgaridad y pasas a ser un poeta, un filósofo o incluso un arrogante creador de ideas originales que provienen de un universo juvenil cargado de romanticismo.

Es por eso que he creado un nombre para estas endorfinas: Endorficletas. Una endorficleta sería, por lo tanto, una endorfina creada al pedalear de forma continuada sobre una bicicleta.

Nadie me va a convencer de que las endorfinas generadas en otras situaciones, como las que se generan con la excitación sexual, el dolor o el consumo de chocolate, son similares a las endorfinas creadas por el pedaleo, porque tengo claro que no son en absoluto iguales. Las que se generan montando en bicicleta se alargan en el tiempo y abren los canales más escondidos que tenemos en la glándula pitutaria y el hipotálamo.

Desde luego las endorfinas no son las únicas culpables para endorficletar a una persona. Hay más factores para llegar a ese estado, como puede ser la hiperventilación que se genera al pedalear durante un largo periodo de tiempo. Una mayor cantidad de oxígeno lleva a una mayor calidad neuronal, como no ocurre cuando uno está sentado en una mesa esperando la inspiración, con una taza de té en una mano y un lápiz en la otra, mirando al infinito sin saber por dónde comenzar a escribir.

El problema de ir en bicicleta es que no es fácil tomar nota de esas ideas, esos textos, esas locuras imaginativas o esos poemas. Uno, en su enorme éxtasis endorficleto, cree que lo recordará luego. Pero lo cierto es que no es así. Cuando te bajas de la bicicleta y dejas pasar un rato (el mismo en el que las endorfinas dejan de hacer efecto y la ventilación cesa disminuyendo la calidad neuronal) esas ideas imaginativas se pierden entre los surcos de la memoria, dejando de existir de inmediato.

El fenómeno de las ideas sobrevenidas por las endorfinas tiene, por otro lado, efecto aditivo. Cuando se te ocurre una cosa, luego se te ocurren muchas más, sumándose a las anteriores. Pero, igualmente, no es posible recordar tantas cosas, y con tanto detalle, cuando te has bajado de la bicicleta.

Harto de que me ocurra esto, cansado de desperdiciar el cúmulo de genialidades que se me pasan por la cabeza mientras pedaleo, me he decidido a salir hoy con lápiz y papel a mano y cada vez que las musas me visiten no esperar más, frenar, dejar la bicicleta apoyada a un lado del camino y reflejarlo por escrito, para luego continuar la marcha e ir sumando nuevas ideas.
 
No sé si funcionará este método. Dudo también si tendrán utilidad alguna las ideas que se me pasen por la cabeza. Puede que sea un artículo para mi blog. Quizás una presentación innovadora para el próximo congreso al que me inviten. Podría ser el inicio de una novela. O tan sólo una idea de cómo redecorar el salón. También podría ser un poema. En estos días que ando perdidamente enamorado, tengo deseos de expresar cosas de una manera poética.

Lo que sea que se me ocurra no se quedará en la cuneta del camino, oculto detrás de los matojos y las flores. Me lo llevaré anotado en mi libreta.

En mi primera experiencia utilizando este método de la libreta y el lápiz, comienzo mi ruta en la misma puerta del Metro, cerca de donde se encuentra esta vía verde que voy a recorrer. 

Terreno favorable y ligeramente urbano al principio, para luego comenzar a deambular paralelo a una carretera de poco tránsito. Un coche va a mi altura por dicha carretera en un travelling que parece salido de una película de Win Wenders. La pasajera del vehículo mira de una forma melancólica hacia donde yo estoy. Le saludo y entonces sonríe ligeramente. Qué fácil es sacar una sonrisa a una persona: sólo un ligero gesto de la mano dejando de sujetar el manillar, levantándola un poco y moviéndola como una ola, interpretando que eso significa un saludo hacia quien estás mirando. El enorme poder de los signos estandarizados  y aprendidos por todos.

Al poco de comenzar la cuesta arriba bordeada por unos fabulosos árboles en flor, se me llena el pecho de un profundo cariño que viene del enamoramiento. Se empiezan a juntar solas unas palabras y no lo dudo un momento, paro y escribo lo que atropelladamente me viene a la mente.

Ábrase pronto la luna
para encerrar en ella más estrellas,
que nada tienen ellas que ver de mi desnudez,
de mi desnudez de ti tan lejos,
tan aire y tan pájaro

Continúo mi ruta. Bordeo una cementera, cuyas líneas duras contrastan con la belleza del anterior paisaje. 

Una vía verde es una vía de tren abandonada reconvertida a vía ciclista y peatonal. ¿De verdad iba por aquí antes el tren haciendo estos quiebros?

Ahora viene una larga bajada. Las bajadas también te suben el estado de ánimo, esta vez la culpable es la adrenalina, otra droga que generamos nosotros mismos. Vaya industria farmacéutica que tiene montado el cuerpo.

Cuando vas lanzado en bicicleta cuesta abajo no es nada apetecible pararse. Lo natural es dejarse llevar por la continuidad de la velocidad adquirida. Pero tengo que parar porque la inspiración me ha vuelto.

Bandadas surquen este espacio
y aterricen en mi ventana
trayéndome tu imagen
reflejada en las fuentes y en los charcos 

Una vez pasada esta localidad con apellido de río, viene una zona con taludes de la antigua vía de tren. Es básicamente llana, pero de vez en cuando hay subidas y bajadas repentinas, de las que tensan los músculos por un momento, de las que cuando se llega arriba, todos los ciclistas sonríen, cada uno a su manera, pero sonríen. Otro momento de iluminación.

Y es que te llevo puesta
aunque te vayas al otro lado del mundo
Eres el traje que me viste y me acompaña
y la sonrojada soledad
que se esconde en los bolsillos más pequeños
al sentir tu presencia figurada
pintándolo todo

Otra localidad que se bordea y da paso al valle del río que llevo viendo desde lejos hace rato. Unas altas paredes de piedra y tierra a la derecha. La vega del río a la izquierda. Sensación de plenitud por todos lados que hace sonar la lira de las musas de nuevo, obligándome a parar y sentarme a escribir en los bancos de una pequeña ermita.

Si al menos pudiera detener este latir presuroso
que daña como golpes de roca,
si latiera por una vida ordinaria

Me cruzo con otros ciclistas que llevan también la sonrisa puesta. Esto de la bicicleta es adictivo, lo sé. Pero, por favor, que me dejen tener esta adicción con la que no hago mal a nadie, con la que mejoro mi condición física, no enveneno el aire, respeto el entorno por el que transito y encima lo paso sensacional.

Cruzo la localidad que en su día fue famosa por sus aguas. De ahí parte una variante de la vía verde, pero yo sigo por el recorrido clásico, siguiendo el valle, pegado a casas de campo y jardines con aspecto cuidado.

Pero cada día amo más
esta pequeña muerte de lo vulgar
Así pues
dejadme
quiero hundirme en el fango del invierno más dulce

Probablemente este tramo es el más bonito de la vía verde. Comienzan a abundar los árboles junto a los llanos cerealistas, algún puente del antiguo trazado ferroviario nos sumerge en otra época en la que el tren recorría estos campos y la gente no tenía prisa por ir de un lado a otro, dejándose llevar por el ferrocarril, sin mirar el reloj.

Quizás por eso
en tu ausencia
me imagino esos ojos tuyos
y aventuro historias que han de existir
perdiéndome
llevándome a la isla más lejana
y allí
en nuestra playa
siento como me cubres con la arena de tus manos
y el agua de tu cuerpo

Llego al final de la vía verde, con una zona recreativa y un bar en el que me quedo un rato tomando un tentempié, mirando hacia el exterior donde la luz del día empieza a colorear el cielo de ocre, allá por donde se acaba de perder el sol tras las colinas, anunciando el atardecer. La sensación de haber hecho entera la ruta es muy placentera. Ahora recuerdo el momento en el que la inicié y me parecen días, cuando en realidad fue sólo hace unas pocas horas al partir rumbo al lugar en que me encuentro.

Escribo las últimas palabras del poema, emocionado por el bonito recorrido, las luces del ocaso y por lo que he sido capaz de escribir hasta ahora.

Quiero ser por siempre arena
y tú esas olas que vienen todos los días a abrazarme
y cuando te vayas
dormirme hasta la próxima marea
que venga
y me moje
y me regale conchas y piedras de colores

Ahora sé que me toca volver, los mismos 50 kilómetros de antes, pero regresar siempre parece lo más fácil, pasas a restar en vez de sumar y así uno vive con la sensación de que los kilómetros pasan de manera más sencilla. 
Ya no voy a parar. El poema está escrito, arrancada la hoja de la libreta y guardada en el bolsillo de mi pantalón, pegado a mi piel para sentirlo cerca. Además tampoco voy tan sobrado de tiempo, he de llegar a esa localidad alejada de Madrid antes de que cierren el Metro, para poder volver a mi casa.

Tengo algo de aire en contra y me está haciendo avanzar más despacio de lo esperado. Por suerte llevo las luces en la bicicleta preparadas para la noche que se me viene encima. Siento el frescor del campo que ignora el sol que ha estado recibiendo durante todo el día.

Llego al Metro justo antes de que salga el último convoy. Dejo la bicicleta apoyada en el espacio destinado para ella y me siento, satisfecho, en un vagón prácticamente vacío. 

Lo vengo pensando desde hace un rato. En cuanto me siente, y tras beber un poco de agua y acomodarme en mi asiento, me voy a dar el gusto de leerme, ahora sí, el poema que había escrito, todo seguido, tranquilamente, sin prisas, disfrutando las palabras como si no fueran mías, como si lo leyera por primera vez. 

Echo mano al bolsillo izquierdo para cogerlo. Ahí no está. Debe ser que lo he metido en el derecho. Ahí tampoco está. Miro nervioso en la libreta que llevo en las alforjas. Pero no está ahí, lo arranqué para guardarlo en el bolsillo. Estoy seguro.

Lo he perdido. Durante el pedaleo, con el movimiento del pantalón arriba y abajo, se me debe haber caído, a saber dónde. Miro hacia el infinito, con tristeza, cómo las luces parpadean en la lejanía y se pierden a medida que el ferrocarril se aleja de la ciudad, dirección a Madrid.

Parece que, definitivamente, la poesía que viene de las endorfinas es sólo para consumo propio y etéreo. Que pretender enlatar la belleza que surja del pedaleo no es posible, que el pedaleo te lo da y te lo quita todo, pero que no se puede domar. 

Mañana cojo otra vez la bicicleta.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Situarse en primera línea en el semáforo rojo yendo en bicicleta



Quisiera aclarar a todos los conductores de vehículos a motor con los que me cruzo cada día que cuando me pongo delante de ellos en el semáforo en rojo no lo hago por competitividad, ni por salir antes que nadie cuando llega la fase verde semafórica, como si de un sprint aventajado se tratara, ni tampoco porque me crea más listo que nadie.

Ni siquiera lo hago por pavonearme para que me vean todos con mi bicicleta. Tan bonita ella. Tan orgulloso y alegre yo.

Tampoco lo hago por saltarme norma alguna, ni por llamar la atención, ni por una frustración que hubiera tenido de pequeño por no haber estado el primero en la línea a la salida de clase.
 

Lo cierto es que me pongo en primera línea en el semáforo en rojo por las siguientes razones:

1) Porque lo considero más seguro, tanto para mí como ciclista como para ustedes como automovilistas, que me verán mejor, dado que tanto mi bicicleta como yo somos delgados y poco llamativos. Metido entre los coches muchas veces observo que el resto de vehículos no esperan encontrarse una bicicleta y en el fragor de la salida del semáforo, donde tantos accidentes se ocasionan por culpa del culto a las prisas, la gente se me cruza, me corta la trayectoria o directamente me echan fuera porque ellos son más grandes. Esto no ocurre cuando estoy delante, porque ocupo mi espacio en el carril que me corresponde y avanzo con seguridad hasta mi destino.

2) Porque al quedarme detrás de ustedes, señores automovilistas, tendría que inhalar los humos y gases de sus tubos de escape. Humos y gases que, además de oler muy mal, son perjudiciales para mi salud. Si yo mismo estuviera provocando otros humos y gases similares no tendría derecho a quejarme, me lo tendría merecido. Pero no es el caso. Yo no provoco malos humos y por eso considero injusto tragarme el de los demás. Y si estoy detrás de ustedes me los trago, especialmente en la arrancada en los semáforos, cuando tras el primer acelerón sale ese humo negro y maloliente que me hace toser y ennegrece mis pulmones, mi ropa y mi piel.

3) Y, por último, pienso que la bicicleta debe tener algunas prioridades y ventajas, en base a los beneficios que su uso aporta para la ciudad, siempre que eso no implique un empeoramiento en la seguridad y calidad de vida de nadie. Considero sinceramente que esta ventaja de salir delante en el semáforo beneficia a toda la ciudadanía.

Presuntamente, en la próxima reforma del Reglamento General de Circulación, aparecerá la posición adelantada en el semáforo para los ciclistas (si no lo tumba el lobby de los vehículos motorizados y sus acólitos) convirtiéndose en legal algo que simplemente era habitual por lógico. De hecho existen ya "avanzabicis" (espacios para bicicletas en primera línea semafórica) en muchas ciudades españolas, pero no está muchas veces claro como llegar a estos avanzabicis, y de hecho hay carriles estrechos que impiden adelantar con seguridad a otros vehículos parados para ponerse en esa primera línea.


Una vez salga en los medios de comunicación esta medida contemplada en el Reglamento General de Circulación, habrá que explicarla, dado que es previsible que la mayoría de quienes no usan la bici habitualmente no la entiendan. Ojala que la DGT lo sepa explicar bien, pero tengo mis dudas de que lo haga en unos términos parecidos a los que uso en este artículo.

Por parte de los usuarios, estaremos plenamente dispuestos a explicar, cuantas veces sea necesario, las razones que llevan a implantar esta medida altamente beneficiosa para la seguridad vial de todos, para la salud de los ciclistas y para la promoción de la bicicleta como medio de transporte habitual.

miércoles, 9 de julio de 2014

Las locas bicicletas extraterrestres madrileñas


Desde la inauguración de la bicicleta pública madrileña todo el mundo cree tener la llave de cómo debería haber sido el sistema. Unos lo hubieran hecho radicalmente distinto, otros sólo con algunos pequeños, pero irrenunciables, cambios.

Ha habido graves errores al principio, y lo peor es que sigue habiéndolos dos semanas después. Hoy veía impotente como una persona no podía retirar una bicicleta de una estación y otra llevaba diez minutos esperando una simple gestión en un totem. No me parece serio que se puedan justificar diciendo que también ocurrió en otras ciudades. Confío en que se irán corrigiendo esos errores en los próximos días. 


Independientemente de esto, creo que todos tenemos una idea de cómo nos hubiera gustado que fuera el sistema, pero seguramente lo que ni este ni ningún sistema de bicicleta pública puede pretender es contentar a todo el mundo o poner cerca de cada potencial usuario una estación de BiciMad, además con un determinado tipo de bicicleta, porque sobre esto también hay diversas opiniones.

Yo tengo mi particular visión de cómo debería haber sido el sistema, pero no voy a aburrir al personal, porque ni este sistema debía ser hecho para mí, que ya tengo bicicleta y la uso por Madrid, ni creo tener la soberbia de poder asegurar que sé exactamente como tenía que haber sido. 


Tengo un importante conocimiento sobre la movilidad madrileña y he dado muchas conferencias en España y América Latina sobre bicicletas públicas. Pero no me he parado a estudiar, porque no es mi labor, como debe ser este sistema de bici pública para conseguir sus objetivos, cuáles son esos potenciales usuarios que necesita Madrid y donde hay que poner esas estaciones. Eso lo han hecho con la mejor de las intenciones unos técnicos del Ayuntamiento a los que conozco y en los que confío.

Cualquier sistema de bicicleta pública debe pretender, por definición, conseguir que gente que no usaba la bicicleta en la ciudad la comience a usar ahora y acabe haciéndose dependiente de la eficacia y facilidad de moverse en bicicleta por su ciudad, para que acabe comprándose la suya propia, si esto le es posible.

Y, a tenor de lo que yo estoy viendo en mi entorno, parece que eso es lo que se puede estar consiguiendo, que algunos nuevos usuarios se animen a usar la bicicleta en Madrid.

Os voy a presentar a dos compañeros míos de trabajo, Ana y Benito, son los que podéis ver (cada uno a mi lado) en la foto de entrada de este artículo.

Estas dos personas, por diversas razones, jamás han circulado en bicicleta por la ciudad, pero les ha faltado tiempo para sacarse el abono del BiciMad y decidirse a lanzarse a usarla para algunos de sus desplazamientos cotidianos. Tengo que decir que soy el primer sorprendido.

Antes de la creación de este sistema he escuchado a estas dos personas algunos de los habituales (y hasta cierto punto normales) prejuicios que todo el mundo suele decir sobre la bicicleta en la ciudad. Pero algo tiene de mágico esta bicicleta pública que anima a la gente a decidirse a dar el paso. Y eso, en si mismo, tiene mucho valor.

Ahora da gusto ver a Ana llegar al trabajo con una sonrisa de oreja a oreja y diciendo una de sus expresiones preferidas “¡Me encanta!”


Benito, por su parte, me pide expresar lo siguiente: “Es un gran aliciente pensar que al salir del trabajo voy a coger la bicicleta, con lo que haré ejercicio, al tiempo que me traslado al lugar donde quería ir”.

Mi amigo Santos, un recién incorporado al mundo del ciclismo urbano, iba el otro día por primera vez al trabajo en esta bicicleta pública, en un recorrido básicamente cuesta arriba, y describía la sensación del pedaleo asistido como "Pedalear como en la película ET, pero con el marciano dentro de la bicicleta".



Ojala que se arreglen pronto los problemas que trae BiciMad desde su inauguración y en un breve futuro podamos decir que esta bicicleta pública contribuyó a hacer más visible a los ciclistas en Madrid y que fue un paso de gigante hacia un establecimiento de la normalidad ciclista en nuestra ciudad.

Otras direcciones de interés:
Cómo funciona BiciMad
Cómo superar los errores de BiciMad

PD: Me entero un día después de publicar la entrada que Elisa Barahona (la Directora General de Sostenibilidad, la responsable de la bicicleta en el Ayuntamiento de Madrid) está usando el BiciMad para ir a las reuniones oficiales donde hay estaciones del sistema, dejando el coche oficial aparcado. Me ha encantado enterarme de esta noticia, me parece un ejercicio de coherencia y una manera de dar ejemplo, además de aumentar el número de ciclistas por esta ciudad que se está llenando de bicicletas a pasos agigantados.

lunes, 26 de mayo de 2014

El color de la piel


Había pasado demasiado tiempo encerrada en esa habitación, esa casa y esa ciudad. Se me habían dormido los sentidos sentada delante de la pantalla del ordenador día tras día. Empecé a darme cuenta un viernes o un sábado al despertarme y ver el brazo estirado delante de mis ojos. Vi que no tenía la marca del sol en sus pliegues, que la piel estaba blanca, tan blanca que no la reconocía y empecé a pensar si no habría estado dormida durante varios meses.

Todavía tirada en la cama vinieron a mí algunos recuerdos de episodios cicloturistas. El sol pegándome fuerte reflejado en las eternas aguas de Ruidera; aquel rizado viento soplando con fuerza en el Atlas marroquí, agrietando mi cara y nublando mis ojos, pero llenándome tanto de vida que creía estar en el centro del Universo; el agua milagrosa de una tormenta necesaria en el sur de Extremadura, con personas de toda condición dando saltos de alegría a mi alrededor; esas curvas de ensueño en el cañón de Añisclo, donde sentirse pequeño era lo natural ante la enormidad de la naturaleza. En cada ruta pasaban tantas cosas que no había memoria para tanto suceso.
_

Cuando, con la ayuda del interventor, vi la bicicleta acomodada en el furgón del tren regional, empecé a sentir que ya había empezado mi ruta, que ese poder del tren moviéndose sobre las vías era como la fuerza del pedaleo. Acomodada en mi asiento cerraba los ojos y me podía ver subiendo y bajando las piernas con fuerza sobre unos imaginarios pedales ferroviarios. Todo el tren se movía con la fuerza de mis piernas, los paisajes corrían a los lados y la gente en los caminos me saludaba agitando las manos. Hasta que tocaba parar en una estación y, entonces, estiraba los brazos sobre el asiento delantero... quiero decir, sobre los frenos, y entonces el tren paraba, la gente descendía, unos se abrazaban y reían, otros se despedían y lloraban, pero todo el mundo estaba agradecido a ese tren que les llevaba.

Ya en ruta sobre mi bicicleta, buscando mi camino y esta primavera disfrazada de verano, las cosas se ven de otra manera: van mucho más despacio, ahora siento de verdad que no tengo prisa alguna, que todo ocurre a un ritmo insólito y que la vida se alarga como este camino serpenteante que me lleva a algún sitio perdido de estas montañas.

Llevo el sol a cuestas, pero el sol no lo sabe, él se deja caer sobre los bosques y las mesetas y qué idea tiene el sol que allí estoy yo llevándomelo a trozos, haciéndome sudar.

Había rogado que cayeran sólo chirimiris que me hicieran parar a preparar toda la parafernalia de plásticos, chubasqueros, bolsas y demás protecciones, que cuando las acabas de preparar ya no te sirven para nada porque, para entonces, lo ha dejado, se ha cansado de esperar a la tranquila cicloturista que se está inventando tormentas y charcos enormes. Pero el norte es otra cosa. Aquí las nubes te traen y te llevan sin preguntarte. De todos modos, pensar ahora en las lluvias es fantasear con el destino, porque este sol me muerde los hombros y me dibuja formas en la piel, que delatarán mi vestuario durante varias semanas.

Una vez más siento que el tiempo no existe, que los caminos te sugieren lugares que todavía no se han inventado y me dejo llevar por estas laderas, estos ríos y estos árboles.

Me tumbo en esta pradera de un verde inexplicable a recibir este sol que tanto me llena de vida.

Acurrucada por el sonido del arroyo me quedo dormida, dando descanso a mis fatigadas piernas, tan poco acostumbradas últimamente a las pedaladas, aunque éstas hayan sido discretas y tranquilas.
Sueño con viajes inalcanzables, como el de ir a China en bicicleta, siguiendo la ruta de Marco Polo, si es que dicha ruta es posible de seguir. O cruzar de norte a sur el continente americano, haciendo amigos por el camino y ganándome la vida haciendo chapuzas, enseñando idiomas o contando en las plazas de los pueblos de América Latina las historias que me hayan acontecido .

Me despierto molesta por un fuerte picor en la espalda. Me he quemado la piel al quedarme dormida al sol. El dolor es horrible y me avergüenzo de no haberlo previsto, pese a mi experiencia cicloturista.

Me tapo y continúo la ruta, en busca de algún pueblo con asistencia médica o farmacéutica donde me puedan curar. 

Se empieza a nublar rápidamente. Todo parece indicar que va a caer una tormenta. Empiezo a desesperar. Ya no voy disfrutando del paisaje, sólo busco ese lugar donde refugiarme de la lluvia y ser atendida de las quemaduras.

Empieza a llover con fuerza, pronto se va a hacer de noche y, para acabar de arreglarlo todo, acabo de pinchar.
 
Estoy en medio de la nada, con el agua de lluvia cayéndome por todos lados, sin apenas comida, con la espalda quemada, con una rueda pinchada y empezando a anochecer. Dejo la bici a un lado, me siento sobre un tronco caído y me echo a llorar. Las lágrimas se las llevan los goterones de agua que caen de las hojas de los árboles, vencidos por la lluvia y el viento.

De pronto siento unas manos que me cogen del brazo muy lentamente, levanto la cabeza y veo una aldeana que me sonríe y me abraza. Siento como desaparecen los dolores, la lluvia y hasta la melancolía. Me coge de la mano y me pide que le siga, llevándome a una pequeña casa con un maravilloso fuego donde me ofrece comida, agua caliente para lavarme y un ungüento para la espalda.

Dije una vez en una tertulia de viajes que el dios de los cicloturistas te lo quita todo para luego poder dártelo todo y no puedo sino pensar que es totalmente cierto.

Aquí, durmiendo en este camastro, todavía frescos los ecos de mi conversación con Rosa, la aldeana, con el sonido del fuego de leña que va poco a poco muriendo, con esta sensación de que la vida es un maravilloso viaje por las sensaciones y los recuerdos, no puedo dejar de pensar que mi servidor de correo de internet va a reventar de mensajes recibidos y que no pienso volver para mirarlos. Que los únicos mensajes que voy a leer son los de los mapas que me acompañan, los de los pájaros, los de las montañas, los de las nubes y los de las arrugas en la piel de las gentes que encuentre en el camino.